🌼Sancte Joseph, Terror Dæmonum, Ora Pro Nobis 🌼
Bajo el patrocinio de San José
miércoles, 29 de julio de 2026
Memorare a San José
viernes, 3 de abril de 2026
Santo Vía Crucis meditado por San Alfonso María de Ligorio
Ofrecemos este Santo Vía Crucis por la defensa de la sana Doctrina Católica y por la erradicación de las herejías, herejes y sus fautores y por nuestras intenciones personales.
EL CAMINO DE LA CRUZ
Arrodíllate ante el altar, haz un Acto de Contrición, y forma la intención de ganar las indulgencias bien para ti, o para las almas en el Purgatorio.
Después di:
SEÑOR mío Jesucristo, Vos anduvisteis con tan grande amor este camino para morir por mí, y yo os he ofendido tantas veces apartándome de Vos por el pecado; mas ahora os amo con todo mi corazón, y porque os amo, me arrepiento sinceramente de todas las ofensas que os he hecho. Perdóname, Señor, y permíteme que os acompañe en este viaje. Vais a morir por mi amor, pues yo también quiero vivir y morir por el vuestro, amado Redentor mío. Si, Jesús mío, quiero vivir siempre y morir unido a Vos.
PRIMERA ESTACIÓN
Jesús sentenciado a muerte
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Considera cómo Jesús, después de haber sido azotado y coronado de espinos, fue injustamente sentenciado por Pilatos a morir crucificado.
(Aquí se hace una pequeña pausa para considerar brevemente el misterio, y lo mismo en las demás estaciones.)
ADORADO Jesús mío: mis pecados fueron más bien que Pilatos, los que os sentenciaron a muerte. Por los méritos de este doloroso paso, os suplico me asistáis en el camino que va recorriendo mi alma para la eternidad. Os amo, ¡oh Jesús mío más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mi como os agrade. Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Amado Jesús mío,
Por mí vas a la muerte,
Quiero seguir tu suerte,
Muriendo por tu amor;
Perdón y gracia imploro,
Transido de dolor.
SEGUNDA ESTACIÓN
Jesús es cargado con la Cruz
V. Te adoramos, Cristo. y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Considera cómo Jesús, andando este camino con la cruz a cuestas, iba pensando en ti y ofreciendo a su Padre por tu salvación la muerte que iba a padecer.
AMABILÍSIMO Jesús mío: abrazo todas las tribulaciones que me tenéis destinadas hasta la muerte, y os ruego, por los méritos de la pena que sufristeis llevando vuestra Cruz, me deis fuerza para llevar la mía con perfecta paciencia y resignación. Os amo, ¡oh Jesús, amor mío!, más que a mi mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén. Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Amado Jesús mío,
Por mí vas a la muerte,
Quiero seguir tu suerte,
Muriendo por tu amor;
Perdón y gracia imploro,
Transido de dolor.
TERCERA ESTACIÓN
Jesús cae la primera vez debajo de la Cruz
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Considera esta primera caída de Jesús debajo de la Cruz. Sus carnes estaban despedazadas por los azotes; su cabeza coronada de espinas, y había ya derramado mucha sangre, por lo cual estaba tan débil, que apenas podía caminar; llevaba al mismo tiempo aquel enorme peso sobre sus hombros y los soldados le empujaban; de modo que muchas veces desfalleció y cayó en este camino.
AMADO Jesús mío: más que el peso de la Cruz, son mis pecados los que os hacen sufrir tantas penas. Por los méritos de esta primera caída, libradme de incurrir en pecado mortal. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mio!, más que a mi mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Amado Jesús mío,
Por mí vas a la muerte,
Quiero seguir tu suerte,
Muriendo por tu amor;
Perdón y gracia imploro,
Transido de dolor.
CUARTA ESTACIÓN
Jesús encuentra a su afligida Madre
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Considera el encuentro del Hijo con su Madre en este camino. Se miraron mutuamente Jesús y Maria, y sus miradas fueran otras tantas flechas que traspasaron sus amantes corazones.
AMANTÍSIMO Jesús mío: por la pena que experimentasteis en este encuentro, concededme la gracia de ser verdadero devoto de vuestra Santísima Madre. Y Vos, mi afligida Reina, que fuisteis abrumada de dolor, alcanzadme con vuestra intercesión una continua y amorosa memoria de la Pasión de vuestro Hijo. Os amo, ¡Oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Amado Jesús mío,
Por mí vas a la muerte,
Quiero seguir tu suerte,
Muriendo por tu amor;
Perdón y gracia imploro,
Transido de dolor.
QUINTA ESTACIÓN
Simón ayuda a Jesús a llevar la Cruz
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Considera cómo los judíos, al ver que Jesús iba desfalleciendo cada vez más, temieron que se les muriese en el camino y, como deseaban verle morir de la muerte infame de Cruz, obligaron a Simón el Cirineo a que le ayudase a llevar aquel pesado madero.
DULCÍSIMO Jesús mío: no quiero rehusar la Cruz, como lo hizo el Cirineo, antes bien la acepto y la abrazo; acepto en particular la muerte que tengáis destinada para mí, con todas las penas que la han de acompañar, la uno a la vuestra, y os la ofrezco. Vos habéis querido morir por. mi amor, yo quiero morir por el vuestro y por daros gusto; ayudadme con vuestra gracia. Os amo, ¡oh Jesús, amor mío! más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Amado Jesús mío,
Por mí vas a la muerte,
Quiero seguir tu suerte,
Muriendo por tu amor;
Perdón y gracia imploro,
Transido de dolor.
SEXTA ESTACIÓN
La Verónica limpia el rostro de Jesús
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Considera cómo la devota mujer Verónica, al ver a Jesús tan fatigado y con el rostro bañado en sudar y sangre, le ofreció un lienzo. y limpiándose con él nuestra Señor, quedó impreso en éste su santa imagen.
AMADO Jesús mío: en otro tiempo vuestro rostro era hermosísimo; mas en este doloroso viaje, las heridas y la sangre han cambiado en fealdad su hermosura. ¡ Ah Señor mío, también mi alma quedó hermosa a vuestros ojos cuando recibí la gracia del bautismo, mas yo la he desfigurado después con mis pecados. Vos sólo, ¡oh Redentor mío!, podéis restituirle su belleza pasada: hacedlo por los méritos de vuestra Pasión. Os amo, ¡oh Jesús, amor mío!, más que a mi mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Amado Jesús mío,
Por mí vas a la muerte,
Quiero seguir tu suerte,
Muriendo por tu amor;
Perdón y gracia imploro,
Transido de dolor.
SÉPTIMA ESTACIÓN
Jesús cae la segunda vez con la Cruz
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Considera la segunda caída de Jesús debajo de la Cruz, en la cual se le renueva el dolor de las heridas de su cabeza y de todo su cuerpo al afligido Señor. OH pacientísimo. Jesús mío. Vos tantas veces me habéis perdonado, y yo he vuelto a caer y a ofenderos. Ayudadme, por los méritos de esta nueva caída, a perseverar en vuestra gracia hasta la muerte. Haced que en todas las tentaciones que me asalten, siempre y prontamente me encomiende a Vos. Os amo, ¡oh Jesús, amor mío! más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Amado Jesús mío,
Por mí vas a la muerte,
Quiero seguir tu suerte,
Muriendo por tu amor;
Perdón y gracia imploro,
Transido de dolor.
OCTAVA ESTACIÓN
Las mujeres de Jerusalén lloran por Jesús
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Considera cómo algunas piadosas mujeres, viendo a Jesús en tan lastimosa estado, que iba derramando sangre por el camino, lloraban de compasión; mas Jesús les dijo: no lloréis por mí, sino por vosotras mismas y por vuestras hijos.
AFLIGIDO Jesús mío: lloro las ofensas que os he hecho, por los castigos que me han merecido, pero mucho más por el disgusto que os he dado a Vos, que tan ardientemente me habéis amado. No es tanto el Infierno, como vuestro amor, el que me hace llorar mis pecados. Os amo, ¡oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Amado Jesús mío,
Por mí vas a la muerte,
Quiero seguir tu suerte,
Muriendo por tu amor;
Perdón y gracia imploro,
Transido de dolor.
NOVENA ESTACIÓN
Jesús cae por tercera vez con la Cruz
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Considera la tercera caída de Jesucristo. Extremada era su debilidad y excesiva la crueldad de los verdugos, que querían hacerle apresurar el paso, cuando apenas le quedaba aliento para moverse.
ATORMENTADO Jesús mío: por los méritos de la debilidad que quisisteis padecer en vuestro camino al Calvario, dadme la fortaleza necesaria para vencer los respetos humanos y todos mis desordenados y perversos apetitos, que me han hecho despreciar vuestra amistad. Os amo, ¡oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Amado Jesús mío,
Por mí vas a la muerte,
Quiero seguir tu suerte,
Muriendo por tu amor;
Perdón y gracia imploro,
Transido de dolor.
DÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es despojado de sus vestiduras
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Considera cómo al ser despojado Jesús de sus vestiduras por los verdugos, estando la túnica interior pegada a las carnes desolladas por los azotes, le arrancaran también con ella la piel de su Sagrado cuerpo.
Compadece a tu Señor y dile: INOCENTE Jesús mío: por los méritos del dolor que entonces sufristeis, ayudadme a desnudarme de todos los afectos a las cosas terrenas, para, que pueda yo poner todo mi amor en Vos, que tan digno sois de ser amado. Os amo, ¡oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Amado Jesús mío,
Por mí vas a la muerte,
Quiero seguir tu suerte,
Muriendo por tu amor;
Perdón y gracia imploro,
Transido de dolor.
UNDÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es clavado en la Cruz
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Considera cómo Jesús, tendido sobre la Cruz, alarga sus pies y manos y ofrece al Eterno Padre el sacrificio de su vida por nuestra salvación; le enclavan aquellos bárbaros verdugos y después levantan la Cruz en alto, dejándole morir de dolor, sobre aquel patíbulo infame.
Oh despreciado Jesús mío. Clavad mi corazón a vuestros pies para que quede siempre ahí amándoos y no os deje más. Os amo, ¡oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido: no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez: haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Amado Jesús mío,
Por mí vas a la muerte,
Quiero seguir tu suerte,
Muriendo por tu amor;
Perdón y gracia imploro,
Transido de dolor.
DUODÉCIMA ESTACIÓN
Jesús muere en la Cruz
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Considera cómo Jesús, después de tres horas de agonía, consumido de dolores y exhausto de fuerzas su cuerpo, inclina la cabeza y expía en la Cruz.
Oh difunto Jesús mío. Beso enternecido esa Cruz en que por mí habéis muerto. Yo, por mis pecados, tenía merecida una mala muerte, mas la vuestra es mi esperanza. Ea, pues. Señor, por los méritos de vuestra santísima muerte, concededme la gracia de morir abrazado a vuestros pies y consumido por vuestro amor. En vuestras manos encomiendo mi alma. Os amo, ¡oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Amado Jesús mío,
Por mí vas a la muerte,
Quiero seguir tu suerte,
Muriendo por tu amor;
Perdón y gracia imploro,
Transido de dolor.
DECIMOTERCERA ESTACIÓN
Jesús es bajado de la Cruz
V. Te adoramos. Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Considera cómo, habiendo expirado ya el Señor, le bajaron de la Cruz dos de sus discípulos. José y Nicodemo, y le depositaran en los brazos de su afligida Madre, María, que le recibió con ternura y le estrechó contra su pecho traspasado de dolor.
Oh Madre afligida. Por el amor de este Hijo, admitidme por vuestro siervo y rogadle por mí. Y Vos, Redentor mío, ya que habéis querido morir por mí, recibidme en el número de los que os aman más de veras, pues yo no quiero amar nada fuera de Vos. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Amado Jesús mío,
Por mí vas a la muerte,
Quiero seguir tu suerte,
Muriendo por tu amor;
Perdón y gracia imploro,
Transido de dolor.
DECIMOCUARTA ESTACIÓN
Jesús colocado en el Sepulcro
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Considera cómo los discípulos llevaron a enterrar o Jesús, acompañándole también su Santísima Madre, que le depositó en el sepulcro con sus propias manos. Después cerraron la puerta del sepulcro y se retiraron.
Oh Jesús mío sepultado. Beso esa losa que os encierra. Vos resucitasteis después de tres días; por vuestra resurrección os pido y os suplico me hagáis resucitar glorioso en el día del juicio final para estar eternamente con Vos en la Gloria, amándoos y bendiciéndoos. Os amo, ¡oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Amado Jesús mío,
Por mí vas a la muerte,
Quiero seguir tu suerte,
Muriendo por tu amor;
Perdón y gracia imploro,
Transido de dolor.
Después, volviendo al altar mayor, se rezan cinco Padrenuestros, cinco Avemarías y cinco Glorias por las cinco llagas de Jesucristo.
Dom Gueranger: Viernes Santo de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo
LA DESESPERACIÓN DE JUDAS
El rumor extendido por la ciudad de que Jesús ha sido apresado esta noche y que se ultiman los preparativos para llevarle ante el Gobernador, llega a oídos de Judas. El infeliz amaba el dinero; pero no tenía motivo ninguno para maquinar la muerte de su Maestro. Conoció el poder sobrenatural de Jesús y tal vez se ilusionaba con la idea de que las consecuencias de su traición serían vencidas por aquel a quien obedecen los elementos sobrenaturales. Pero, ahora que le ve en poder de sus más crueles enemigos y todo anuncia un fin trágico, los remordimientos se apoderan de su alma. Corre al templo y arroja a los pies de los sacerdotes aquellas monedas, precio de una Sangre inocente. Diríase que se ha convertido y que va a implorar el perdón. Pero, ¡ay!, nada de eso. La desesperación es el último sentimiento que le queda y quiere poner cuanto antes fin a sus días. El recuerdo de las llamadas, de aquellos aldabonazos, que dio Jesús a su corazón en la cena del día anterior y en el huerto, no le sirven más que de acicate para perpetrar un segundo crimen. Dudó de la misericordia, para él su pecado no podría borrarse y se precipitó en la eterna condenación en el momento mismo, en que comenzaba a correr la sangre inmaculada.
Luego, los Príncipes de los Sacerdotes se presentan ante Pilatos, llevando consigo a Jesús encadenado, y piden se les escuche en un asunto criminal. El Gobernador se presenta en público y les dice algo enojado: "¿Qué acusación traéis contra este hombre? Si no fuese malhechor no te lo habríamos entregado." El desprecio y enojo se refleja en las palabras del Gobernador y la impaciencia en la respuesta de los Sacerdotes. Se ve que Pilatos se preocupa poco de ser el ministro de sus venganzas: "Tomadle, les dice, y juzgadle según vuestra ley, mas estos hombres sanguinarios responden que no les es permitido quitar la vida de nadie" '. Pilatos, que había salido al pretorio para hablar a los enemigos del Salvador, entra dentro y manda introducir a Jesús. El Hijo de Dios y el representante del mundo pagano se hallan frente a frente. "¿Eres el Rey de los judíos?", interroga Pilatos. "Mi reino no es de este mundo", responde Jesús; no tiene que ver nada con los reinos formados por la violencia; su origen viene de lo alto. "Si mi reino fuera de este mundo, mis soldados no me habrían dejado caer en poder de los judíos." Pronto, a mi vez ejerceré el imperio terrestre; pero, en este momento, mi reino no es de aquí abajo. "Luego, ¿Tú eres Rey?", vuelve a interrogar Pilatos. "Sí, yo soy Rey", contesta el Salvador. "Después de haber confesado su dignidad augusta, el Hombre-Dios hace un esfuerzo para elevar al romano por encima de los intereses vulgares; le propone un fin más digno que el buscar los honores de la tierra."
ANTE HERODES
Apenas ha manifestado su opinión favorable a Jesús, cuando los Príncipes de los Sacerdotes comienzan a acusar al Rey de los Judíos. El silencio de Jesús, en medio de tan tas mentiras, hacen enmudecer al Gobernador. "¿No oyes, le dice, cómo te acusan?" Estas palabras de un interés visible, no inmutan a Jesús en su digno silencio; pero provocan en sus enemigos una nueva explosión de furor: "Perturba al pueblo, gritan frenéticos los Príncipes de los Sacerdotes, enseñando por toda la Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí".
Esta reaparición inesperada del acusado, contraría mucho a Pilatos; pero cree haber hallado un nuevo medio de desembarazarse de esta causa que le es odiosa. La fiesta de Pascua le facilita la ocasión de indultar a un culpable; quiere hacer caer este favor en Jesús. El pueblo está amotinado a las puertas del Pretorio. Pondrá en paralelo a Jesús, al mismo Jesús, que hace unos días toda la ciudad llevó en triunfo, con Barrabás, el malhechor, persona odiosa en Jerusalén; la elección del pueblo no puede menos de ser favorable a Jesús. "¿A quién queréis que dé la libertad, les dice, a Jesús o a Barrabás?" La respuesta no se hace esperar; voces tumultuosas gritan: "No a Jesús, sino a Barrabás." Y ¿qué haré con Jesús? Y la chusma corta las últimas palabras del Gobernador y grita frenética. ¡Crucifícale, crucifícale! Pero ¿qué mal ha hecho?; le castigaré y le pondré en libertad. "¡No; crucifícale!"
La prueba no ha tenido éxito y la. situación del cobarde Gobernador es más crítica que antes. En vano ha buscado para rebajar al inocente al nivel de un malhechor; la pasión de un pueblo ingrato y agitado no ha tenido cuenta alguna de ello. Pilatos se ve obligado a prometer que castigará a Jesús de modo bárbaro, para apagar un poco la sed de sangre que devora al populacho; pero no sirve más que para provocar un nuevo grito de muerte.
Los soldados están cansados de golpearle y los verdugos desatan a su víctima. ¿Se habrán compadecido de El? No. A tanta crueldad va a seguir una burla sacrílega. Jesús se ha llamado Rey de los Judíos y los soldados aprovechan el título para dar una forma nueva a sus ultrajes. Un rey lleva corona y los soldados van a imponérsela al Hijo de David. Tejiendo, de prisa, una diadema con ramas espinosas, la clavan en la cabeza, y por tercera vez corre la sangre de Jesús. Después, para completar la ignominia, ponen en sus espaldas un manto de púrpura y en su mano una caña, a modo de cetro. Entonces se ponen de rodillas delante de El y dicen: "¡Dios te salve, Rey de los judíos!"
— Ante este espectáculo el cristiano se postra en doloroso respeto y dice a su vez: "¡Dios te salve, Rey de los judíos! Sí; Tú eres el Hijo de David, nuestro Mesías y nuestro Redentor. Israel no reconoce tu reinado que proclamaba no ha mucho, y la gentilidad ha hallado medios de ultrajarte; pero tú, reinarás, por la justicia en Jerusalén, que no tardará en sentir los golpes de tu cetro vengador; por la misericordia sobre los gentiles, que pronto los Apóstoles traerán a tus pies. Recibe nuestro homenaje y nuestra sumisión. Reina desde hoy en nuestros corazones y en nuestra vida entera."
Jesús es conducido a Pilatos en el estado en que le ha dejado la crueldad de los soldados. El Gobernador no duda que una víctima en estado examine encontrará gracia ante el pueblo; mandando subir a Jesús a una galería del palacio le muestra a la multitud diciendo: ECCE-HOMO. "He aquí el Hombre." Esta palabra era más significativa de lo que creía Pilatos. No decía: He aquí a Jesús, ni he aquí al Rey de los Judíos; se servía de una expresión general de la que no tenía la clave; y el cristiano posee su conocimiento. El primer hombre en su sublevación contra Dios había trastornado con su pecado la obra entera del Creador; en castigo de su orgullo y su codicia, la carne había avasallado al espíritu, y la tierra misma, en señal de maldición, no producía más que espinas. El nuevo hombre que llevó, no la realidad, sino la apariencia del pecado, aparece. La obra del Creador vuelve a tomar con El su antigua armonía; mas es por medio de la violencia.
Israel es como el tigre; la vista de la sangre excita su sed y no está contento hasta que se baña en ella. Apenas ha visto a su víctima ensangrentada, grita con nuevo furor: "¡Crucifícale, crucifícale!" ¡Está bien!, "dice Pilatos", tomadle y crucificadle vosotros mismos; yo no hallo en El crimen alguno." Y sin embargo, por orden suya, se le ha puesto en un estado que, con él solo, puede causarle la muerte. Su cobardía será desbaratada. Los judíos replican invocando el derecho que los Romanos dejan a los pueblos conquistados. "Tenemos una ley y según esa ley debe morir, porque se proclama Hijo de Dios." A esta reclamación Pilatos se turba; vuelve a la sala con Jesús y le dice: "¿De dónde eres Tú?" Jesús se calla, Pilatos no era digno de oír al Hijo del Hombre darle razón de su origen divino. Pilatos se irrita: ¿A mí no me respondes?, le dice: "¿No sabes que tengo poder para crucificarte y para absolverte?" Jesús se digna hablar para enseñarnos que todo poder de gobierno, aun entre los infieles, viene de Dios y no de lo que se llama pacto social. "No tendrías ese poder, responde, sino te hubiese sido dado de lo alto; por tanto, el pecado de quien me ha entregado a ti, es mayor"1. La nobleza y la dignidad de estas palabras, subyugan al Gobernador; quiere aún salvar a Jesús. Pero los gritos del pueblo penetran de nuevo hasta él: "Si le dejas libre, le dicen, no eres amigo del César; pues todo el que se hace Rey, se levanta contra el César." A estas palabras Pilatos, tratando en una última tentativa de mover a piedad a este pueblo furioso, sale de nuevo y sube a un estrado al aire libre; se sienta y manda conducir a Jesús: "He aquí, dice, vuestro Rey; ved si César tiene que temer algo por su parte." Mas los gritos aumentan: "Quítale, quítale. Crucifícale." "Pero ¿voy a crucificar a vuestro Rey?", dice el Gobernador, que aparenta no ver la gravedad del peligro. Los Pontífices responden: "No tenemos otro rey que el César." Palabra indigna que cuando sale del santuario anuncia a los pueblos que la fe está en peligro; al mismo tiempo palabra de reprobación para Jerusalén, porque si no tiene otro rey que el César, el cetro no está ya en Judá y la hora del Mesías ha llegado.
Pilatos viendo que la sedición ha llegado al culmen y que su responsabilidad de Gobernador está amenazada, determina dejar a Jesús en manos de sus enemigos. Muy a pesar suyo dicta la sentencia que ha de producir pronto en su conciencia un remordimiento del que tratará de librarse con el suicidio. El mismo traza sobre una tablilla, con un punzón, la inscripción que ha de ponerse sobre la cabeza de Jesús. Más aún; concede al odio de los enemigos del Salvador, para mayor ignominia, que sean crucificados con El dos ladrones. Este hecho era necesario para dar cumplimiento al oráculo profético: "Será contado entre los criminales"; y después que acaba de mancillar su alma con el más odioso de los crímenes, se lava públicamente las manos, al mismo tiempo que grita en presencia del pueblo: "Inocente soy de la sangre de este justo; allá os lo veréis vosotros." Y todo el pueblo responde con este anhelo: "Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos." Este fué el momento en que el parricidio se imprimió en la frente del pueblo ingrato y sacrílego, como en otro tiempo sobre! la de Caín. Diez y nueve siglos de servidumbre, de miseria y de desprecio no lo han borrado aún. Nosotros, hijos de la gentilidad sobre los que esta sangre divina ha descendido como un rocío misericordioso, demos gracias al Padre celestial que "ha amado tanto al mundo que le ha dado a su único Hijo". Demos gracias al amor de este Hijo único de Dios, que viendo que nuestras! manchas no podían ser lavadas sino en su sangre, nos la da hoy hasta en la última gota.
VÍA DOLOROSA
Aquí comienza la Vía dolorosa, y el Pretorio de Pilatos en que fué pronunciada la sentencia de Jesús, es la primera estación. El Redentor es abandonado a los judíos por la autoridad del Gobernador. Los soldados se apoderan de El y le conducen fuera del patio del Pretorio. Le quitan el manto de púrpura y le i visten con sus propios vestidos que le habían sido quitados para flagelarle; por fin le cargan la cruz sobre sus desgarradas espaldas. El lugar en que el nuevo Isaac recibió en sí la leña de su sacrificio es designado como la segunda estación. El escuadrón de soldados, reforzado con los ejecutores, con los príncipes de los Sacerdotes, con los Doctores de la ley y con mucho pueblo, se pone en marcha. Jesús avanza bajo el peso de la cruz; pero en seguida, desfallecido, a causa de la sangre que ha perdido y por los sufrimientos de todo género, no puede sostenerse y cae bajo la carga, señalando así con su caída la tercera estación.
Los soldados levantan con brutalidad al divino cautivo que sucumbía, más aún bajo el peso de nuestros pecados, que bajo el del instrumento de su suplicio. Acaba de reanudar su marcha vacilante y al punto se encuentra con su Madre llorosa. La mujer fuerte, cuyo amor maternal es invencible, ha salido al encuentro de su Hijo; quiere verle, seguirle, unirse a El hasta que expire. Su dolor está por encima de toda ponderación humana. Las inquietudes de estos últimos días han agotado sus fuerzas; todos los sufrimientos de su Hijo le han sido manifestados por revelación; se ha asociado a ellos y los soporta todos y cada uno en particular. Sin embargo de eso, no puede permanecer por más tiempo lejos de la vista de los hombres; el sacrificio avanza en su curso, su consumación se acerca; es necesario estar con su Hijo y nada podrá detenerla en este momento. Magdalena está cerca de ella llorosa; Juan, María, madre de Santiago y Salomé la acompañan también; éstas lloran por su Maestro; mas ella llora por su Hijo. Jesús la ve y no puede consolarla, pues todo esto no es sino el comienzo de los dolores. El sentimiento de agonía que experimenta en este momento el corazón de la más tierna de las madres acaba de oprimir con un nuevo peso el corazón del más amante de los hijos. Los verdugos no concedieron un momento de espera en la marcha, en favor de la madre de un condenado; si quiere, puede seguir el funesto cortejo; sin embargo, el encuentro de Jesús y María en el camino del calvario señalará para siempre la cuarta estación.
. — El camino es largo aún, porque, según la ley, los criminales debían sufrir el suplicio fuera de la ciudad. Los judíos temen que la victima expire antes de llegar al lugar del sacrificio. Un hombre que volvía del campo, llamado Simón de Cirene, encuentra el doloroso cortejo; se le detiene; y por un sentimiento cruelmente humano hacia Jesús, se le obliga a compartir con El el honor y la fatiga de llevar el instrumento de la salvación del mundo. Este encuentro de Jesús con Simón Cirineo da lugar a la quinta estación.
A unos pasos de allí, un incidente inesperado llena de admiración y estupor a los mismos verdugos. Una mujer atraviesa la muchedumbre, aparta a los soldados y va hacia. el Salvador. Sostiene entre sus manos el velo que ha desplegado y enjuga con mano temblorosa el rostro de Jesús, desfigurado por la sangre, el sudor y las bofetadas. Sin embargo de eso, lo ha reconocido porque le ama; y no ha temido exponer su vida para ofrecerle este ligero alivio. Su amor será recompensado; el rostro del Redentor se imprime milagrosamente en el lienzo, que será en adelante su más preciado tesoro, y tiene la gloria de señalar con su acto intrépido la sexta estación de la Vía dolorosa.
Con todo eso, las fuerzas de Jesús se debilitan más y más, a medida que se acerca el término fatal. Un desfallecimiento súbito derriba al suelo—por segunda vez—a la víctima y señala la séptima estación, Jesús es en seguida levantado con violencia por los soldados y camina de nuevo por el sendero que va rociando con su sangre. Tan indignos tratos excitan los gritos y lamentaciones de un grupo de mujeres que, movidas de compasión hacia el Salvador, se habían colocado detrás de los soldados y habían hecho caso omiso de sus insultos. Jesús, emocionado del amor de estas mujeres, que, a pesar de la debilidad de su sexo, mostraban más grandeza de alma que el pueblo entero de Jerusalén, les dirige una mirada bondadosa, y tomando toda la dignidad del lenguaje de Profeta les anuncia, en presencia de los Príncipes de los Sacerdotes y de los Doctores de la Ley, el castigo que seguirá en seguida al atentado de que son testigos y que lloran con tan copiosas lágrimas. "¡Hijas de Jerusalén!, las dice en el mismo lugar indicado por la octava estación; ¡Hijas de Jerusalén! No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos; pues vendrán días en que se dirá: ¡Bienaventuradas las estériles y las entrañas que no engendraron y los senos que no amamantaron! ¡Dirán entonces- a las montañas: Caed sobre nosotros; y a las colinas: Cubridnos; y si se trata hoy así al leño verde ¿cómo se tratará entonces al seco?"
Por fin llegan a la colina del Calvario; Jesús debe aún escalarla antes de llegar al lugar de su sacrificio. Por tercera vez su extrema fatiga le hace caer en tierra y santifica el lugar que los fieles venerarán como la nona estación. La soldadesca bárbara interviene de nuevo para obligar a Jesús a reanudar su penosa marcha y después de unos pocos pasos llega por fin a la cima de este cerro que servirá de altar al más sagrado y poderoso de los holocaustos. Los verdugos se apoderan de la cruz y la extienden sobre la tierra esperando atar en ella a la víctima. Antes, según el uso de los romanos, que también lo practicaban los judíos, se ofrece a Jesús una copa que contenía vino mezclado con mirra. Este brebaje que tenía la amargura de la hiél, era un narcótico para adormecer hasta cierto punto los sentidos del paciente y disminuir los dolores de sus tormentos.
Adoramos tu Cruz. Señor: y alabamos, y glorificamos tu santa Resurrección: porque, por el leño de la Cruz, vino el gozo a todo el mundo.
Si la adoración de la Cruz no ha terminado aún se entona el célebre Himno Crux Fidelis que Venancio Fortunato, obispo de Poitiers, compuso en el siglo vi, en honor del árbol sagrado de nuestra Redención. Una de las estrofas dividida en dos sirve de estribillo mientras dura el canto. Al fin de la adoración, una vez que todos los fieles han rendido su homenaje a la santa Cruz, se la coloca sobre el altar, y se da principio a la cuarta parte de la función litúrgica.
Jesús es conducido por sus verdugos al lugar en que la Cruz, puesta en tierra, indica la undécima estación de la Vía Dolorosa. Se coloca como cordero destinado al holocausto sobre el leño que debe servir de altar. Extienden sus miembros con violencia, y los clavos, que penetran entre los nervios y los huesos, fijan al patíbulo sus manes y sus pies. La sangre fluye de estas cuatro fuentes vivificadoras a las que vendrán a purificarse nuestras almas.
La víctima está fija en el madero en que ha de expirar; pero no debe quedar así tendida en tierra. Isaías ha predicho "que el real vástago de Jesé será enarbolado como un estandarte a la vista de todas las naciones" 1. Es preciso que el Salvador crucificado purifique los aires infestados con la presencia de espíritus malignos; es preciso que el Mediador de dios y de los hombres, el soberano Intercesor y Sacerdote, sea puesto entre el cielo y la tierra para tratar de la reconciliación de ambos. A poca distancia del lugar en que se halla extendida la Cruz han abierto un agujero en la roca. En él es clavada la Cruz que domina así toda la colina del Calvario. Es el lugar de la duodécima estación. Los soldados consiguen con grandes esfuerzos la plantación del árbol de la salud. La violencia de la repercusión viene a aumentar los dolores de Jesús, cuyo cuerpo está completamente desgarrado y sostenido únicamente pollas llagas de sus pies y de sus manos. Ahí está expuesto desnudo a los ojos de todos aquel que ha venido a este mundo para cubrir la desnudez que el pecado había dejado en nosotros, Al pie de la cruz los soldados se reparten los vestidos; pero respetando la túnica. Según una piadosa tradición la había tejido María con sus virginales manos. La sortean sin romperla; y se convierte así en el símbolo de la unidad de la Iglesia que no debe romperse bajo ningún pretexto.
Encima de la cabeza del Redentor está escrito en hebreo, en griego y en latín: Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos. Todo el pueblo lee y repite esta inscripción; y proclama una vez más sin quererlo la realeza del Hijo de David. Los enemigos de Jesús lo han comprendido y se apresuran a pedir a Pilatos que se quite ese rótulo; pero no reciben otra respuesta que ésta: "Lo que he escrito, escrito está"1. Una circunstancia que la tradición de los Padres nos ha transmitido, anuncia que este rey de los judíos, rechazado por su pueblo, reinará con mucha mayor gloria sobre las naciones de la tierra que ha recibido en herencia de su Padre. Los soldados, al plantar la cruz en el suelo, la han dispuesto de suerte, que el divino crucificado vuelve la espalda a Jerusalén y extiende sus brazos hacia las regiones de Occidente. El sol de la verdad se pone sobre la ciudad deicida y se eleva al mismo tiempo sobre la Jerusalén nueva, sobre Roma, esta orgullosa ciudad, que tiene conciencia de su eternidad, pero que ignora todavía que será eterna precisamente por la cruz.
Levantemos nuestras miradas hacia este hombre-Dios cuya vida se extingue rápidamente sobre el instrumento de su suplicio. Hele ahí suspendido en los aires a la vista de todo Israel, "como la serpiente de bronce que Moisés había ofrecido a las miradas de su pueblo en el desierto".
Nunca la tierra había recibido de Dios un beneficio semejante al que se dignaba concederla en esta hora; ni nunca el insulto a la Majestad divina se había proferido con tanta audacia. Cristianos, que adoramos a aquel que los judíos blasfeman, ofrezcámosle en este momento la reparación a que tantos derechos tiene. Esos impíos le reprochan sus divinas palabras y las vuelven contra El. Recordémosle, por nuestra parte, aquella otra, dicha también por El, y que debe llenar nuestros corazones de esperanza: "cuando yo fuere levantado de la tierra, atraeré todas las cosas a mí" 1. "Ha llegado, oh Jesús, el momento de cumplir tu promesa; atráenos a ti. Estamos aún pegados a la tierra y encadenados por mil intereses y atractivos; estamos cautivos del amor a nosotros mismos, y nuestro vuelo hacia ti se ve impedido sin cesar; sé el imán que nos atraiga y rompa nuestros lazos a fin de llevarnos hasta ti, y que la conquista de nuestras almas venga por fin a consolar tu corazón oprimido."
Hemos llegado a la hora sexta, la hora que nosotros llamamos de mediodía. El sol que brillaba en el cielo, como testigo insensible, se oscurece de repente y una noche densa extiende sus tinieblas sobre la tierra toda. Las estrellas aparecen en el firmamento; la naturaleza entera queda en silencio y el mundo parece volver al caos. Se cuenta que el célebre Dionisio del Areópago de Atenas, que fué más tarde discípulo del Apóstol de las gentes, exclamó en el momento de este eclipse: "O sufre el Dios de la naturaleza o la máquina de este mundo está a punto de estallar." Phlegon, autor pagano, que escribía un siglo después, menciona el espanto que extendieron en el imperio romano estas tinieblas inesperadas, cuya invasión hizo eaer por tierra todos los cálculos de los astrónomos.
Un fenómeno tan importante, testimonio bien claro de la cólera divina, hiela de espanto a los más osados blasfemos. El silencio sucede a tantos clamores. Este es el momento en que el ladrón, cuya cruz estaba colocada a la derecha de la de Jesús, siente nacer a la vez en su corazón el remordimiento y la esperanza. Se atreve a reprender al compañero con quien hace un instante insultaba al inocente: "¿Ni siquiera tú temes a Dios, le dice, tú que sufres la misma condena? En cuanto a nosotros justo es lo que recibimos, pues sufrimos lo que nuestras acciones merecen; pero éste no ha hecho mal alguno." ¡Jesús defendido por un ladrón en este momento, en que los Doctores de la ley judía, aquellos que se sientan sobre la cátedra de Moisés no tienen para El sino ultrajes! Nada demuestra mejor el grado de obcecación a que ha llegado la Sinagoga. Dimas, este ladrón, este deshecho, es figura en este momento de la gentilidad, que sucumbe bajo el peso de sus crímenes, pero que pronto se purificará al confesar la divinidad del Crucificado. Vuelve penosamente su cabeza hacia la cruz de Jesús y dirigiéndose al Salvador: "Señor, exclama, acuérdate de mí cuando estuvieres en tu reino." Cree en la realeza de Jesús, en esa realeza de la cual los sacerdotes y los magistrados de su nación se reían.
Entre tanto María se ha acercado a la cruz en que está clavado Jesús. Para una madre no hay tinieblas que impidan conocer a su Hijo. El tumulto se ha apaciguado, desde que el sol ocultó su luz, y los soldados no ponen obstáculo a esta aproximación. Jesús mira tiernamente a María, ve su desolación; y el dolor de su corazón que parecía haber llegado a su más alto grado se acrecienta más aún. Va a abandonar esta vida; y su madre no puede subir hasta El, estrecharle entre sus brazos y prodigarle sus últimas caricias. Magdalena está allí también, descorazonada, fuera de sí. Los pies del Salvador, esos pies, que ella tanto amaba, que regaba incluso con sus perfumes hacía algunos días, están heridos, bañados en la sangre que de ellos brota y que comienza a cuajarse en las llagas. Todavía puede bañarlos con sus lágrimas, pero éstas no podían curarle. Ha venido para ver morir a aquel que recompensó su amor con el perdón. Juan, el discípulo amado, el único discípulo que ha seguido a su Maestro hasta el Calvario, está abismado en su dolor. Recuerda la predilección de que fué objeto, por parte de Jesús, ayer en el banquete misterioso. Sufre por el hijo y sufre también por la madre; pero su corazón no prevé el precio inestimable con que Jesús ha resuelto pagar su amor. María Cleofás ha acompañado a María junto a la cruz; las otras mujeres forman un grupo a poca distancia.
De repente, en medio de un silencio interrumpido sólo por los sollozos, la voz de Jesús muriente resuena por tercera vez: Dirigiéndose a su Madre: "Mujer, la dice (porque no se atreve a llamarla su madre, a fin de no revolver la espada en la llaga de su corazón), mujer, he ahí a tu hijo." Con esta palabra designaba a Juan. Después volviéndose a éste añade: "Hijo, he ahí a tu madre."
Se acerca ya la hora nona (las tres de la tarde) es la hora que los decretos eternos fijaron para la muerte del Hombre- Dios. Jesús experimenta en su voluntad un nuevo acceso de ese cruel abandono que sintió en Getsemaní, siente todo el peso de la desgracia de Dios en que ha incurrido al salir fiador de los pecadores. La amargura del cáliz de la cólera de Dios, que debe apurar hasta las heces, produce en él un desfallecimiento que se expresa por este grito lastimero: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Es la cuarta palabra; pero esta palabra no devuelve la serenidad al cielo. Jesús no se atreve a decir: "¡Padre mío!" Se diría que no es sino un hombre pecador, al pie del tribunal inflexible de Dios. Entre tanto una calentura ardiente devora sus entrañas y de su boca jadeante se escapa a duras penas esta palabra, que es la quinta: "Tengo sed." Uno de los soldados presenta entonces a sus labios moribundos una esponja empapada en vinagre. Este es todo el alivio que en su sed ardiente le ofrece esta tierra a la que cada día refresca con su rocío y cuyos ríos y fuentes El ha hecho brotar.
Ha llegado finalmente el momento en que Jesús debe entregar su alma al Padre. Recorre, en rápida ojeada, todos los oráculos divinos que han anunciado hasta las menores circunstancia de su misión y ve que ni uno solo ha dejado de cumplirse, hasta esa sed que experimenta, hasta ese vinagre que le han dado a gustar. Profiriendo entonces la sexta palabra, dice; "Todo está consumado." No queda pues sino morir, para poner el último sello a las profecías que han anunciado su muerte como medio final de nuestra Redención. Este hombre agotado, agonizante, que poco ha murmuraba con dificultad algunas palabras, da un gran grito que resuena a lo lejos y sobrecoge de espanto y admiración a la vez al centurión romano que mandaba los soldados que estaban al pie de la cruz. "¡Padre!, exclama, en tus manos encomiendo mi espíritu." Después de esta séptima y última palabra, su cabeza se inclina sobre el pecho de donde se escapa su último suspiro.
En este momento cesan las tinieblas y el sol aparece de nuevo en el cielo; pero la tierra tiembla; se parten las piedras y la roca misma del Calvario se divide entre la cruz de Jesús y la del buen ladrón. Esta hendidura puede verse aún hoy día. En el templo de Jerusalén un fenómeno viene a atemorizar a los sacerdotes judíos. El velo del templo, que ocultaba el Santo de los Santos se rasga de arriba a bajo, anunciando con esto el final del reino de las figuras. Muchas tumbas en las que reposaban santos personajes, se abren por sí mismas y los muertos que contenían vuelven a la vida. Pero sobre todo se hace sentir la repercusión de esta muerte en el fondo de los infiernos. Satanás comprende por fin el poder y la divinidad de este Justo, contra el cual ha amontonado imprudentemente las pasiones de la sinagoga. Su ceguera es la que ha hecho derramar esa sangre cuya virtud libra al género humano y le abre las puertas del cielo. Sabe ahora a qué atenerse respecto a Jesús de Nazaret, a quien se atrevió a acercarse en el desierto para tentarle. Reconoce con desesperación, que este Jesús es el propio Hijo del Eterno y que la redención negada a los ángeles rebeldes, le ha sido otorgada al hombre de un modo sobrenatural, por los méritos de la sangre, que el mismo Satanás ha hecho derramar en el Calvario.
Oh Hijo adorable del Padre. ¡Te adoramos muerto sobre el madero de tu sacrificio! Tu muerte acerbísima nos ha devuelto la vida. Herimos nuestros pechos como esos judíos que habían esperado tu último suspiro y entran en la ciudad movidos a compunción. Confesamos que han sido nuestros pecados los que te han quitado la vida; dígnate aceptar nuestras acciones de gracias por el amor que nos has mostrado hasta el fin. Tú nos has amado en Dios; en adelante a nosotros nos toca servirte, como rescatados por tu sangre; somos posesión tuya y Tú eres nuestro Señor. Mas he aquí que tu Iglesia nos convoca al oficio divino; y debemos descender del Calvario para unirnos a ella y celebrar tus alabanzas. Pronto volveremos junto a tu cuerpo inanimado y asistiremos a tus funerales acompañándolos con nuestras lágrimas y tristezas. María tu Madre, permanece al pie de la cruz; y nada puede separarla de tus restos mortales. Magdalena está atada a tus pies. Juan y las santas mujeres forman en derredor tuyo un cortejo de desolación. Adoramos una vez más tu cuerpo sagrado, tu sangre preciosa y tu cruz que nos ha salvado.
Volvamos al Calvario a terminar este día de duelo universal. Hemos dejado allí a María en compañía de Magdalena, de Juan y de las otras santas mujeres. Apenas ha trascurrido una hora desde que Jesús expiró y he aquí que soldados, conducidos por un centurión vienen a turbar con el ruido de su voz y de sus pasos el silencio que reina en la colina.
María ha sentido hasta en el fondo de su alma la punta de esa lanza cruel; los sollozos y las lágrimas se renuevan en torno suyo. ¿Cómo terminará esta triste jornada? ¿Qué manos descenderán de la cruz al Cordero que en ella está suspendido? ¿Quién, finalmente, le devolverá a su Madre? Los soldados se retiran y con ellos Longinos, el que osó darle la lanzada, y que siente ya en sí mismo un movimiento, extraño presagio de la fe de que un día será mártir. Mas he aquí que se acercan dos hombres; son dos judíos, José de Arimatea y Nicodemus que van subiendo la colina, hasta detenerse con emoción al pie de la cruz de Jesús. María fija sobre ellos una mirada de reconocimiento. Han venido para poner en sus brazos el cuerpo de su Hijo, y para rendir luego a su maestro los honores de la sepultura. Estos fieles discípulos vienen provistos de la autorización del gobernador. Pilatos ha otorgado a José el cuerpo de Jesús.
José y Nicodemus se levantan y tomando de nuevo la noble carga, le llevan al sepulcro. Esta es la décima cuarta estación de la Vía dolorosa. En el sepulcro había dos cámaras talladas en la roca, comunicándose la una con la otra; extendiendo el cuerpo del Salvador en un nicho practicado a cincel, en la segunda cámara a mano derecha, salen con presteza; y, reuniendo todas sus fuerzas, ruedan a la entrada del monumento una piedra que deberá servir de puerta, y que pronto, a petición de los enemigos de Jesús, la autoridad pública vendrá a sellar con su sello y a protegerla con un puesto de soldados romanos.
El sol está a punto de ponerse y va a comenzar el gran Sábado con sus severas prescripciones. Magdalena y las otras mujeres han observado los lugares y la disposición del cuerpo en el sepulcro. Suspenden sus lamentaciones y descienden apresuradamente hacia Jerusalén. Su intento es comprar perfumes y prepararlos, a fin de que, terminado el sábado, puedan volver a la tumba, el Domingo de madrugada, y completar el embalsamamiento demasiado precipitado del cuerpo de su Maestro. María, después de saludar por última vez la tumba que encierra el objeto de su ternura, sigue al cortejo que camina hacia la ciudad. Juan, su hijo de adopción, está junto a ella. Desde este momento será el custodio de aquella que, sin dejar de ser Madre de Dios, se hace en él madre de los hombres. Pero, ¡a precio de qué crueles sufrimientos ha obtenido este nuevo título! ¡Qué herida ha recibido su corazón en el momento en que la hemos sido confiados! Acompañémosla nosotros también fielmente durante esas horas crueles, que deberán trascurrir antes que la Resurrección de Jesús venga a consolar su inmenso dolor.
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